Tambores de diálogo por Jorge Elías

Francisco: es tiempo de debatir la soberanía

A 183 años de la usurpación inglesa de las Malvinas, Cameron aboga por “una relación más madura” con Argentina, pero subraya que, de ser necesario, “presionará” al gobierno de Macri para defender la explotación de hidrocarburos en las islas

Por Jorge Elías

En marzo de 2010, mientras crecía el interés de Gran Bretaña en hallar petróleo en el Atlántico Sur, el historiador británico Henry Kamen se preguntó: “¿Es inevitable otra guerra en las Malvinas?”. Y aventuró: “Suenan tambores de guerra”. Exageraba. La guerra no iba a ser como la de 1982, “la más popular desde 1945” a los ojos británicos. Iba a ser entre dos gobiernos democráticos por la vía diplomática, la judicial o cualquier otra inscripta entre las soluciones razonables en un momento de inflexión de la economía mundial, quizás el más propicio para Argentina en tres décadas.

Casi seis años después de aquella especulación de Kamen, en coincidencia con el 183º aniversario de la usurpación británica, el 3 de enero de 1833, y con el 34º aniversario de la guerra, la real, la declarada el 2 de abril de 1982, la que se cobró más suicidios que víctimas, la que deparó para los conscriptos de mi generación más indiferencia que honores tras la derrota, el Mercosur rechazó en su última cumbre de 2015 las acciones “unilaterales de búsqueda y exploración” de petróleo que efectúa Gran Bretaña en la cuenca de las Malvinas. El precio del petróleo está en baja, pero la codicia siempre se cotiza en alza.

El primer ministro británico, David Cameron, saludó la asunción del nuevo presidente argentino, Mauricio Macri, con la premisa de “mejorar las relaciones para el beneficio de todos”, pero dejó en claro, dirigiéndose a los isleños, que “eso no cambia la posición de mi gobierno sobre vuestro derecho a la autodeterminación. En eso somos inamovibles”. Tan inamovibles como en la defensa de los yacimientos de hidrocarburos descubiertos cerca de las costas por los cuales, de ser necesario, “presionará” al gobierno argentino. En su primer mensaje sobre las Malvinas, Macri se mostró firme en condenar el 3 de enero de 2016 la ocupación de 1833, “ese acto de fuerza ilegítimo que aún se mantiene, sin consentirlo en momento alguno”.

El afán de explotar el petróleo data de 2013. Tras el referéndum realizado entre el 10 y el 11 de marzo de ese año, en el cual los isleños ratificaron con un 99,8 por ciento de los votos su adhesión a la soberanía británica, el gobernador de las Malvinas, Nigel Haywood, admitió que habían descubierto pozos. Gran Bretaña, dijo, invierte por año 60 millones de libras esterlinas, más de 90 millones de dólares, en preservar su presencia militar. Los isleños, agregó, “se sienten muy en deuda con Gran Bretaña y, aunque suene raro, quieren ser generosos con nosotros. Les encantaría poder pagar los costos de defensa”.

Es evidente que no hay dos voces, sino una, más allá de la pretensión de los isleños de plantar su propia bandera en eventuales negociaciones con Argentina. En el referéndum, en el cual 1.513 personas votaron por el sí y tres por el no, se preguntaron: “¿Desea que las islas Malvinas mantengan su estatus político actual como un territorio británico de ultramar?”. ¿Qué iban a responderse?

El ingreso per capita en las islas, de 60.000 dólares anuales, supera al de Gran Bretaña, inmersa en profundas reformas que hacen peligrar el Estado de bienestar. Los recursos de los isleños, más allá de los girados desde Londres, surgen del canon que cobran por la explotación ictícola, concedida a flotas extranjeras, en especial de Asia. De 400 a 500 barcos arriban por año con ese fin después de haber depredado otras aguas.

Al otorgarles a los colonos el veto sobre cualquier cambio en el estatus de las islas, los mismos británicos admiten que su gobierno está tratando de evitar el tema central del conflicto: la discusión de la soberanía. Aquella guerra entre “dos calvos por un peine”, como supo definirla Borges, pudo contribuir en Argentina a liberarnos de la dictadura militar y en Gran Bretaña a rescatar a Margaret Thatcher de la ciénaga de la impopularidad, pero dejó su huella en el reclamo original.

Dios salva a la reina y tonifica a los isleños, siempre ansiosos de recobrar presencia en el 10 de Downing Street. En Londres, una casona antigua de fachada señorial enarbola la bandera de las Malvinas y ofrece recuerdos, libros e información del “territorio que supo vivir una guerra en 1982”. Es la embajada del Falkland Island Government (Gobierno de las Islas Malvinas), creada en 1983, un año después de la guerra, para abogar frente al gobierno y el parlamento británicos por “un gobierno propio”, sinónimo de autodeterminación. En la entrada, la portada de la revista Falkland Focus martilla: “La soberanía no está en discusión”.

Las Malvinas y el llamado Territorio Antártico Británico forman parte de los dominios de ultramar comprendidos en el Tratado de Constitucional de la Unión Europea, firmado el 29 de octubre de 2004. Gran Bretaña aduce que carece del mandato de los pobladores de las islas para negociar la soberanía, como mandan desde 1965 la Asamblea General y el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas. Los conservadores, aliados en el gobierno con los liberales democráticos, y los laboristas, en la oposición, se mantienen en sus trece desde los tiempos de Thatcher. Les resulta cómoda la reciprocidad. Cómoda y, en perspectiva, redituable.

Desde el gobierno de Néstor Kirchner, iniciado en 2003, los británicos perciben un endurecimiento de Argentina por haber cerrado el paraguas de soberanía bajo el cual Carlos Menem había firmado convenios petroleros y pesqueros. Ese año, el presidente argentino participó en Londres de una cumbre de los gobiernos enrolados en la tercera vía. A solas con el primer ministro Tony Blair, frente a una ventana, dijo con la ayuda del embajador Federico Mirré como intérprete: “Tenga en cuenta que he nacido en una provincia en la que me crié mirando a las Malvinas”. Blair, con una copa de oporto en la mano, apenas asintió: “Entiendo”.

Fue una respuesta de circunstancia en la cual uno y el otro convinieron que no iban a cambiar de posición. En noviembre de ese año, Kirchner se opuso a los vuelos chárter a las islas desde Santiago de Chile sobre el territorio argentino. En abril de 2004, Gran Bretaña denunció la presencia “intimidante” del rompehielos Almirante Irízar cerca de la zona de conservación. Poco después, en agosto de ese año, la Comisión de Familiares Argentinos (parientes de los caídos en la guerra) canceló una visita al memorial emplazado en el cementerio por presuntas “implicancias políticas”.

El daño estaba hecho. La guerra continuaba por otros medios. En los años setenta, compañías británicas evaluaron buscar crudo en el océano y transportarlo a Comodoro Rivadavia para refinarlo y venderlo. Prometía ser beneficioso para todos. De haber petróleo, según los cálculos británicos, el lecho submarino de las Malvinas albergaría más reservas que las británicas y las argentinas. El historiador Kamen recuerda: detrás de las guerras del último medio siglo estuvo el petróleo. No por otra razón, en el primer año de gobierno de Thatcher, el vicecanciller Nicholas Ridley fue abucheado en la Cámara de los Comunes al proponer el arrendamiento de las islas a Argentina para liquidar ese enclave lejano y caro en un trato parecido al alcanzado con China por Hong Kong.

Para los británicos, según su gobierno, “las Malvinas son británicas porque luchamos por ellas en 1982 y porque ningún gobierno podría sobrevivir a la vergüenza de renunciar a ellas. Como resultado, el pedido anual de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para que haya conversaciones directas no conduce a nada. ¿Por qué seguimos respondiendo de este modo? Gran Bretaña piensa que es necesario mantener en las islas 1.000 efectivos, un destructor y aviones caza que cuestan 460 millones de dólares para defender a 3.100 habitantes, 500.000 ovejas y un reclamo que no sale muy bien parado si se hace un escrutinio histórico”.

Fuego a discreción

Argentina, desentendida de la política de seducción de Menem con ositos Winnie The Pooh y la de la Alianza con ejemplares en inglés del Martín Fierro, ignora a los isleños. El reclamo de soberanía es exclusivamente territorial, razón por la cual desconoce por definición la presencia y la legitimidad de la población. Por eso, el referéndum de 2013 pudo ser un bumerán para ellos mismos: confirman que son británicos. Eso significa que no puede haber una tercera parte en la negociación. El derecho de autodeterminación que alegan pertenece a los pueblos originarios, no a los trasplantados.

En 2012, el renovado chisporroteo entre Argentina y Gran Bretaña respetó la efeméride. La decisión del Mercosur de bloquear en sus puertos el ingreso de barcos con la bandera de las Malvinas y la adhesión a la posición argentina de buena parte de los gobiernos americanos, excepto los Estados Unidos y Canadá, irritaron al primer ministro británico, renuente a tener roces con terceros países en un momento delicado de recortes del gasto y de protestas en Londres.

Igualmente, Cameron no pudo elegir mejor momento para acusar a Argentina de “colonialismo”. Lo recibieron como un espaldarazo los isleños, anfitriones del príncipe Guillermo mientras realizaba su entrenamiento militar. En tiempos de incertidumbre sobre el impacto de la crisis global, tampoco pudo elegir mejor momento la presidenta Cristina Kirchner para dar prioridad en su agenda a las Malvinas. De ser cierta la hipótesis de un conflicto bélico, impulsada por sectores minoritarios, ningún miembro de la corona habría osado exponerse frente a las narices de su virtual enemigo, por más que estuviera celosamente custodiado por un destructor equipado con misiles antiaéreos y un submarino nuclear de gran porte.

La presunta acción de rutina de la armada británica tuvo un costo desmesurado para un gobierno salpicado por la crisis, como la mayoría de los europeos. Los Estados Unidos, también sumidos en sus conflictos internos, aseguraron después del referéndum de los isleños que reconocen el conflicto y que mantendrán su neutralidad. Esto ocurre cuando el diferendo bilateral ha pasado a ser regional por la apetencia británica de ir un poco más allá con sus dominios: la Antártida.

La solución pacífica de la disputa de la soberanía, más allá de los sucesivos gobiernos argentinos desde 1983, cuenta el respaldo de la ONU, la Organización de los Estados Americanos (OEA), las Cumbres Iberoamericanas, el Mercosur, la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), la Comunidad Sudamericana de Naciones, la Primera Cumbre Energética Sudamericana, la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), las Cumbres de Países de América Latina y el Caribe (CALC), el Grupo de Río, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la II Cumbre América del Sur-África, las Cumbres de Países Sudamericanos y Países Árabes, la  Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur, el Grupo de los 77 y China, y la Cuestión de las Islas Malvinas en el ámbito de la Unión Europea.

El mundo ha cambiado. El crecimiento de América latina y el Caribe en la última década se tradujo en un descenso significativo de la marginalidad y en una virtual expansión de la clase media. Lo consignó el Banco Mundial: la proporción de individuos que vive en la pobreza, alrededor de un 30 por ciento de la población, es casi igual a la de individuos de clase media. Esto, a su vez, se ve reflejado en el desempleo: en América del Sur, una de cada 20 personas no tiene trabajo; en Europa, más allá de los casos críticos de España y Grecia, una de cada 10 atraviesa ese trance.

La vida te da sorpresas: en las últimas décadas, países de América latina y otras regiones en desarrollo han sacado a millones de personas de la pobreza y posibilitado el surgimiento de una nueva clase media global. El súbito ascenso del Sur, plasmado en el Informe sobre Desarrollo Humano 2013 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), ha transformado en forma radical el mundo del siglo XXI. El cambio nunca había sido tan profundo ni tan rápido ni tan complejo. Lo advirtió Hillary Clinton cuando era secretaria de Estado de los Estados Unidos: aconsejó no hablar de “multipolaridad”, sino de “asociaciones múltiples”.

El mundo no es multipolar, unipolar o caótico. Es las tres cosas a la vez. Lo previó en diciembre de 2012 el Consejo Nacional de Inteligencia (CNI) de los Estados Unidos en su Global Trends 2030: Alternative Worlds (Tendencias mundiales 2030: mundos alternativos): ningún país grande será una potencia hegemónica.

Los Estados Unidos, arriesga el CNI, seguirán siendo “los primeros entre iguales”, pero “el momento de unipolaridad se ha acabado”. Lejos de emular al imperio romano, conservarán su preminencia en varias áreas. Como dice el historiador británico Paul Kennedy, “están pasando de ser un imperio universal a ser un gran país, y eso es bueno”.

El CNI invoca cuatro razones o, en su léxico, “megatendencias”:

  • mayor poder de los individuos y de la clase media global;
  • difusión del poder de los Estados por medio de redes sociales y coaliciones oficiosas;
  • cambios demográficos por la urbanización, la migración y el envejecimiento,
  • y una mayor demanda de alimentos, agua y energía.

Cuentas pendientes

La era unipolar bajo la hegemonía de los Estados Unidos, consecuencia de la caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría, duró apenas una década: la del noventa. La dilapidaron tras la voladura de las Torres Gemelas con las guerras preventivas contra el terrorismo en Afganistán e Irak, el quebranto de las finanzas federales y la onda expansiva desatada por el fiasco de un actor no gubernamental, Lehman Brothers, en 2008. El capital político cayó casi al mismo ritmo que las acciones bursátiles.

Esos factores, entre otros, interrumpieron el ascenso inexorable de Occidente desde 1750, cuando los reyes Fernando VI de España y Juan V de Portugal definieron en el Tratado de Madrid los límites entre sus respectivas colonias en América del Sur.

Los nuevos aires restablecieron el papel de Asia en la economía global y promovieron una era de democratización nacional e internacional. Europa ha dejado de ser el centro de gravedad, como lo prueba la proclamación del primer papa argentino, latinoamericano y jesuita, Francisco, proveniente de esa región del planeta que, según el PNUD, debe sus logros a la inversión sostenida en programas sociales, educativos y sanitarios.

“Las instituciones mundiales aún no se han puesto al día con este cambio histórico”, agrega el informe. China, con la segunda economía más grande del planeta y las mayores reservas en divisas extranjeras, tiene una proporción del 3,3 por ciento en el Banco Mundial, por debajo del 4,3 por ciento de Francia. La India, que pronto superará a China como país más poblado del mundo, no cuenta con una banca permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. África, con 1.000 millones de habitantes en 54 naciones, carece de representación suficiente en la mayoría de las instituciones internacionales.

En las cumbres del G-20, sucesoras del G-8, los presidentes del Sur suelen increpar a los Estados Unidos por su deuda descomunal, a la Unión Europea por su ineficacia en paliar la crisis y a ambos por sus barreras proteccionistas. La presunta aura de los imperios ha desbarrancado, así como la superioridad racial y democrática con las cual dictaban políticas. China invierte en África y América latina, y presta dinero a los Estados Unidos y Europa. Los rascacielos más altos están en los Emiratos Árabes.

Entre 1990 y 2008, la proporción de personas en pobreza extrema de los países en desarrollo cayó del 43 al 22 por ciento. El comercio internacional entre esos países creció del 25 al 47 por ciento entre 1980 y 2010. Los países del Sur, dice el PNUD, “están impulsando el crecimiento económico mundial y cambios sociales por primera vez en siglos”. China y la India duplicaron la producción económica per cápita en menos de 20 años; la tasa es dos veces más rápida que la de la Revolución Industrial en Europa y América del Norte. En 2020, la producción combinada de esos dos países y Brasil superará la producción total de los Estados Unidos, Alemania, el Reino Unido, Francia, Italia y Canadá.

Contra el progreso pueden atentar las medidas de austeridad con poca visión de futuro, el abordaje inadecuado de las desigualdades persistentes y la falta de oportunidades para una participación cívica importante. Eso, al igual que las inequidades sociales y los desequilibrios entre la preparación educativa y las oportunidades laborales, requiere soluciones globales, no sólo nacionales. De no haber una acción coordinada contra el cambio climático, por ejemplo, la cantidad de personas en pobreza extrema podría incrementarse hasta 3.000 millones en 2050.

En Brasil, la población que vive con menos de 1,25 de dólares por día ha bajado del 17,2 al 6,1 por ciento entre 1990 y 2009. En 2030, América latina y el Caribe albergarán a uno de cada diez miembros de una emergente clase media global. Otro dato no menor: la migración entre países en desarrollo ha superado la migración neta del Sur al Norte.

De continuar esta tendencia, con estándares de vida crecientes en un mundo más propenso a residir en las ciudades que en el campo, el comercio entre los países del Sur superará al comercio entre las naciones desarrolladas. La región será más interdependiente y estará más interconectada. La mayoría de los hogares de América latina, Asia y gran parte de África posee teléfonos móviles con conexión a Internet que son producidos en sus países. Brasil, China, la India, Indonesia y México tienen mayor circulación diaria de medios sociales que cualquier otro país, excepto los Estados Unidos. Cuatro de los cinco países con el mayor número de usuarios de Facebook se encuentran en el Sur: Brasil, la India, Indonesia y México.

En algunos casos, la futurología es tan poco fiable como las agencias de calificación. En 1980 era usual vaticinar que el Producto Bruto Interno (PBI) de Japón iba a superar al de los Estados Unidos. En 2050, según Goldman Sachs, China será el primer país, los Estados Unidos el segundo, la India el tercero, Brasil el cuarto y México el quinto. Ninguno será europeo. ¿Terminará de facto la Unión Europea? Fue concebida como una eficaz medicina contra los nacionalismos que desataron las guerras del siglo pasado, pero se ha convertido en un problema para sí misma y para los demás por haber creado una unión monetaria sin un gobierno económico común. La corroen los viejos intereses nacionales, cuyo dogma les impide socorrer a los miembros más débiles. La crisis empobrece a la gente y debilita a las instituciones. Salvan al euro, no a los europeos.

Este “reequilibrio mundial”, como lo llama el PNUD, revierte el cambio que experimentaron Europa y América del Norte cuando eclipsaron al planeta con la Revolución Industrial y las dos grandes guerras mundiales del siglo XX. Los países del Sur, más de 40, difieren en historias, sistemas políticos, perfiles económicos y prioridades de desarrollo, pero comparten algunas características. La mayoría eran Estados desarrollistas que procuraron obtener una ventaja estratégica de las oportunidades ofrecidas por el comercio mundial e invirtieron en capital humano, como Brasil, la India y México. Los méritos no pertenecen a ningún gobierno en particular.

Con novedad en el frente

En la V Cumbre de las Américas, realizada en Trinidad y Tobago en abril de 2009, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, planteó el respeto, la responsabilidad y la asociación entre iguales como ejes en la relación con el continente. Era una versión mejorada del enfoque artificialmente amistoso de George W. Bush tras el fracaso del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). La impronta de un presidente de otro partido y otra apariencia infundía esperanza de cambio en una región no ajena a un mundo sacudido por crisis y guerras.

Pudo ser entonces la novedad y el cambio, pero el continente encarnaba, también, una novedad y un cambio. La novedad era la bonanza económica en coincidencia con el quebranto norteamericano y el europeo; el cambio era una creciente independencia de los Estados Unidos, fraguada en expresiones regionales, como la Unasur y la Celac, y en decisiones unilaterales, como la expulsión de los embajadores norteamericanos de Venezuela, Bolivia y Ecuador sin temer represalias.

Ningún país recupera en los primeros cien días de un gobierno aquello que perdió en ocho años o más. En los setenta, los latinoamericanos creían que los Estados Unidos habían elegido a un presidente afín a ellos: John F. Kennedy era católico. Poco y nada compartieron con otros, excepto el origen mexicano de Columba, esposa de Jeb Bush, hermano del ex presidente. Logró seducirlos Bill Clinton por haber ignorado a la oposición republicana del Capitolio para rescatar del efecto tequila a México. Con Obama se identificaron por sus buenos propósitos y el color canela de su piel, parecido al de la venerada Virgen de Guadalupe.

En un discurso del Estado de la Unión, Obama exaltó cuán firmes “son los lazos que nos unen a las Américas”. En cuatro años de gobierno, más allá de los chisporroteos de Hugo Chávez y los suyos contra el imperialismo yanqui, América latina apuntaló su democracia, salvo en Cuba; aprovechó la bonanza derivada de los altos precios de los productos primarios y empezó a percibir la incipiente tutela de Brasil como líder regional.

No es novedoso que América latina no figure entre las prioridades del gobierno de los Estados Unidos; es novedoso que los gobiernos latinoamericanos no dependan de aquel que ejerció su poder hegemónico en la región. En el vínculo hizo estragos el llamado Consenso de Washington, asociado en el ideario popular a los quebrantos provocados por la liberalización de la economía y la expansión de la globalización en los noventa por instancias del FMI y el Banco Mundial.

La rutina democrática deparó gobiernos de distinto signo que, jaqueados en varias ocasiones por la corrupción y otros problemas, han respondido con prudencia a los acontecimientos y han rubricado acuerdos comerciales con países no alineados a los Estados Unidos, como China, Rusia e Irán. El narcotráfico, cuya violencia sume en un laberinto a México y América Central, sólo influye en la agenda de Obama por las consecuencias en su territorio, más allá de la responsabilidad asumida por su gobierno a raíz del consumo de drogas en los Estados Unidos.

En 2008, el presidente de Bolivia, Evo Morales, expulsó al embajador norteamericano y al personal de la agencia antidrogas DEA, y renunció a la ayuda bilateral. No peligró su gobierno, como pudo haber ocurrido en otros tiempos. Brasil, sin emitir juicio, convalidó su posición. En 2010, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, acaso el mayor aliado de Obama en la región, decidió entregar a un narcotraficante detenido en su país a Venezuela en lugar de atender el pedido de extradición de Washington a pesar de los millones de dólares que recibe su país en programas de asistencia y desarrollo.

Los indicios son ahora síntomas. A los ojos de los presidentes latinoamericanos, más allá de las discrepancias entre sí y de la orfandad de instituciones firmes, los Estados Unidos han dejado de ser “la única nación indispensable en los asuntos internacionales”, como martilló Obama en uno de sus discursos. Es un momento propicio para aprovechar al máximo esa independencia, acallando tambores de guerra que nadie pretende ni imagina por las Malvinas. En algún momento deberían sonar tambores de diálogo.

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