El cuidado no tiene temporada
Por la Dra. Virginia Busnelli (MN 110351), médica especialista en nutrición, experta en obesidad y presidente de la Sociedad Argentina de Nutrición
Llegó el invierno y, muchas veces, sin darnos cuenta, ciertos hábitos que veníamos sosteniendo muy bien durante los meses anteriores empiezan a costar un poco más. No es que decidamos bajar el ritmo o aflojar el foco, muchas veces pasa casi sin que lo registremos, y ni siquiera sabemos bien por qué. Pero esto tiene una explicación, y esta bueno conocerla.
- Los días son más cortos y con menos luz, y eso impacta directamente en nuestra energía y en las ganas de salir a entrenar, caminar o correr.
- El frío invita a quedarnos en casa, y eso muchas veces se traduce en menos movimiento durante el día.
- Las comidas frescas, como las ensaladas, pierden atractivo cuando bajan las temperaturas y eso achica nuestras opciones de siempre.
- Además, las rutinas cambian: con el frío se modifican horarios, salidas, descanso, y todo eso suele requerir una reorganización que no siempre tenemos a mano.
Y frente a la dificultad suele aparecer algo en común en muchos de nosotros: la culpa. La idea de que si nos cuesta es porque no ponemos suficiente de nuestra parte. Pero no todo es cuestión de voluntad: todos los motivos anteriores son reales y pueden afectar nuestra toma de decisiones, así como también influyen nuestra biología, nuestra historia y el contexto en el que vivimos. Al final, puede haber muchos motivos distintos detrás de lo que nos pasa, y no siempre son los mismos para todos: somos seres individuales. Y empezar a ver el panorama completo es, en sí mismo, un cambio de mirada.
Mantener hábitos de cuidado durante el invierno no tiene que ver con llegar mejor al verano ni con evitar unos kilos de más, sino con seguir construyendo salud: física, mental y emocional. Por eso, lo ideal sería que ese cuidado naciera de un deseo propio, desde una mirada amorosa y de respeto hacia nosotros mismos. Pero la realidad es que muchas veces no es así: viene desde la imposición, la exigencia o, incluso, desde el rechazo hacia nuestro propio cuerpo. Y correr esa mirada hacia un lugar más amable no es sencillo; también requiere su propio trabajo. Muchas veces, además, la relación que tenemos con el cuidado está atravesada por nuestra historia. Por dietas que hicimos, por comentarios que recibimos, por experiencias que nos hicieron sentir que movernos o alimentarnos de determinada manera era una obligación más que una elección. Cambiar esa mirada lleva tiempo. Pero reconocerla suele ser el primer paso.
Porque cuando el cuidado nace únicamente desde la presión externa, suele durar poco. En cambio, cuando logramos conectarlo con algo propio, aparecen más posibilidades de sostenerlo en el tiempo. Una vez que ese deseo nace de nosotros, lo que sigue no depende solamente de la voluntad. Depende de sentarnos, de organizarnos y, en algunos casos, también de pedir ayuda, fundamentalmente si estamos atravesando una situación particular, si la vida que tenemos hoy nos complica sostener ciertos hábitos, si convivimos con obesidad, enfermedad crónica que requiere acompañamiento, entre otras muchas realidades. Y después, reconocer qué herramientas tenemos para el cambio. Esas herramientas no tienen que ser una dieta que saquemos del cajón, sino estrategias que realmente se adapten a nuestra vida y a nuestro contexto. Y muchas veces, entre esas herramientas, está el acompañamiento profesional.
Entonces, si el cuidado no depende solamente de la voluntad, ¿por dónde empezamos? Quizás no por hacer más, sino por observar. Observar cómo estamos viviendo este invierno, qué nos está costando más y qué pequeñas decisiones podrían ayudarnos a sentirnos mejor. No se trata de pensar en todo el año ni en toda la vida. Se trata de mirar el presente y preguntarnos qué podemos hacer hoy, con los recursos que tenemos hoy.
Anímate a hacerte un té calentito y sentarte un momento con vos. Desde ahí, podés pensar en decisiones concretas para tu día a día:
- ¿Qué comidas podés planificar para esta semana? Tener algo pensado de antemano ayuda a sostenerlo.
- Procurá que en tus platos calentitos no falten verduras, legumbres, frutas, semillas y cereales integrales.
- No dejes que las ensaladas desaparezcan. Podés combinarlas con vegetales cocidos y preparaciones calientes para que sigan siendo una opción rica y posible.
- Buscá una alternativa de movimiento para los días de mucho frío o si se imposibilita salir: pensar opciones en casa a veces es muy útil.
- Si sentís que necesitás acompañamiento, pedir ayuda también es una decisión válida y valiosa.
- Y, sobre todo, recordá que el objetivo no es un número en la balanza, sino construir hábitos que te hagan bien y que puedan acompañarte a largo plazo.
Este invierno, quizás no hagas las cosas exactamente igual que en verano. Quizás necesites reorganizarte, buscar nuevas estrategias o pedir ayuda. Y está bien. Porque distinto no es lo mismo que imposible. El cuidado no tiene temporada.
Imagen: Magnific.com
Marcela Fittipaldi
Periodista.Editora marcelafittipaldi.com.ar. Ex-editora Revista Claudia, Revista Telva España, Diario La Nación, Diario Perfil y revistas femeninas de la editorial
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