CARLOS LOSAURO: MAESTRO por Mariano Francisco Wullich

Un cronista, Daniel Meissner, suele recordarnos cosas con serena pasión. Hace un par de días escribió sobre el Día del Maestro y me cubrió de emoción: ese estado de fervor que solo algunos sabios pueden eludir.

Habló de sus maestros, entre ellos, de Carlos Losauro, él que se llevaba por delante la vida con talento y fervor. Un amigo y periodista que dejó brillo en la Redacción de La Nación. Lo quisieron y mucho; lo imitaban y el día que no estaba lo extrañaban. ¡Siempre estaba!

Claudio Cerviño, el que guarda recuerdos inesperados, hizo un cuadernillo sobre Losauro que debería estar en las escuelas de periodismo. Alfredo Bernardi, Meissner, Ferraro, Daniel Gallo, Marcelo Franco no pueden dejar de nombrarlo en cada mesa, como lo hacía siempre el brillante Germán Sopeña, quien lo quería tanto como a Juanca Insiarte. Estoy nombrando gente “de veras”.

Me acuerdo de cosas que nunca conté y de a poco contaré. Por decir nomás, las noches del Ringo Bar, en Carlos Pellegrini y M.T. de Alvear (Charcas). Allí nos juntábamos en barra a las tres de la madrugada en charlas tendidas hasta que clareaba. Como siempre, el Losa contaba mentiras de sus viajes entre las sogas y no dejaba que se le secara la garganta a ninguno de los “secos”. “¡Tomate otro, yo tengo!”. Generoso, siempre tenía como él decía “un corazón de oro” para el que no tenía.

Llegó un tiempo que también de a poco ampliaré. Ese en el “arribaron arribistas” a la Secretaría de Redacción. Sombríos pusilánimes que se metieron en la vida de la gente y nunca tendrán perdón. Desde un estresado timorato con fragilidad moral; otro, sin aplomo para conducir nada  o uno sin más calle que su encerrada vida de la sinrazón, envuelto en resentimientos y mentiras, sin más que el claustro de sus oscuros días y camisas raídas.

Todos de rodillas ante la alegría de Carlos Losauro, quien un día encaró el repecho de la calle Corrientes con hidalguía.  Bravo maestro ¡Que suerte tenés Carlitos, todos te quieren!

Del resto…, del resto me encargo yo.

Mariano Francisco Wullich

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