Una mañana doméstica y no muy cotidiana por Mariano Wullich

Salí de casa. Si, como siempre, por Arenales. Horario escaso para mí, es decir nueve y cinco de la mañana. Doblé por Rodriguez Peña y, tras pasar la joyería Bártoli  ( está cerrada por vacaciones hasta el 7 del mes  que empieza mañana),  una buena moza me levantó los brazos de lejos: se trataba de Encarnación Ezcurra.

Nos debemos querer bastante  porque hablamos 25 minutos en la vereda a pesar de las motos y del motorazo del 37 (cosas que no arregla Juan sin Calle,  es decir, Horacio Rodríguez Larreta). Encarnación  me preguntó que hacía yo a esa hora y, su pregunta me pareció absolutamente lógica.

Ya que hablamos de compras, se trató de lo siguiente: conseguí humo líquido ahumado para un pedazo de ciervo colorado que me trajeron del Sur. Compré San Felipe blanco para la carne picada  del  pastel de  papas que Norita iba a hacer de almuerzo a mis hermanos y,  al no encontrar salsa  Perrins, compré una botellita de salsa inglesa argentina muy gauchita, para mi jugo de tomates.

Ya en el Supermercado Disco una señora que hacía la cola en la caja2 y hablaba con tristeza de la enfermedad de su patrona, me indicó que mis productos eran pocos, por lo que me convenía pasar por la 1. Tuvo razón y la saludé con un beso viajero por el aire.

Claro, me hubiera gustado hacérselo extensivo a la clientita que pasaba sus compras por las caja cinco y esos shorts, tan cortos e impúdicos como agradables. Abrí la puerta y me hablé: ¡Uff, mariano, que viejo estás!

Bueno…, esa fue mi mañana, doméstica y no muy cotidiana.

Mariano Francisco Wullich

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