Prohibido besarse por Jorge Elías

Beso a beso

Una novela sobre el amor entre una israelí y un palestino, vedada en el currículum universitario de Israel por el gobierno de Netanyahu, recibió una peculiar respuesta en Tel Aviv

 

Por Jorge Elías

Un beso pone en movimiento los 34 músculos faciales y otros 134 corporales. Da placer, pero también implica cierto esfuerzo y algún peligro. Un mililitro de saliva anida 100 millones de bacterias. Los nepaleses optaron por lo sano: no besarse. En China, recuerdo, un periódico advertía en los años noventa que la costumbre de besar era una “práctica vulgar, rayana en el canibalismo” que había sido implantada por los “invasores europeos”. En Sudáfrica no pueden besarse los menores de 16 años. En la India, el beso en público es tabú. Peor es en Indonesia: la sharia (ley islámica) castiga el beso con prisión, multas y latigazos.

En Israel, el beso resultó ser una réplica a la decisión del Ministerio de Educación de excluir del currículum universitario la novela Gader Jayá (Borderline, en inglés; Una barrera viva, en castellano), de Dorit Rabinyan, sobre la relación entre una traductora israelí, Liat, y un artista palestino, Jilmi. Se enamoran en Nueva York y enfrentan cuestionamientos al regresar a Tel Aviv y Ramallah. En respuesta a la ficción, el ministro Naftalí Bennet, líder del partido nacionalista religioso Hogar Judío, se mostró temeroso de alentar la “asimilación”. La tachó de la lista para preservar “la identidad y la herencia de los estudiantes en cada colectivo social”.

Actores, publicistas, escritores e intelectuales, así como políticos y educadores, alzaron sus voces contra el boicot del gobierno de Benjamin Netanyahu, pese a que Israel padece desde octubre de 2015 una inusitada ola de asesinatos con cuchillos a manos de palestinos. Lo plasmaron en un video de la revista TimeOut Tel Aviv en el cual se besan seis parejas mixtas, inclusive homosexuales, para rebatir los absurdos reparos: “Alienta las relaciones de pareja entre judíos y árabes”. Algunos ni se conocían. El libro, gracias a la estupidez de intentar tapar el sol con un dedo, terminó siendo “de lectura obligatoria”, según el alcalde liberal de Tel Aviv, Ron Juldaí.

En el siglo XVII, el líder militar tibetano Shabdrung Ngawang Namgyal implantó una teocracia en Bután que, entre otras cosas, prohibía el consumo de tabaco y opio. Desde el 17 de diciembre de 2004, Día Nacional de Bután, el reino budista que mide la felicidad bruta interna en lugar del producto bruto interno es el primer y único país del mundo que no permite fumar en público. La perfección no existe: el rey Jigme Khesar Wangchuk suele enarbolar sus cigarrillos. Asegura, como Barack Obama, que está “tratando de abandonar el vicio”. Si es pescado in fraganti, Su Majestad jamás pagará la multa de 225 dólares.

En Bután tampoco son usuales las demostraciones de afecto en público. Con su boda con Jetsun Pema, plebeya de 21 años de edad, el quinto rey dragón, de 31, educado en la Universidad de Oxford, contribuyó en forma ostensible a incrementar los índices de la felicidad bruta interna. De la suya, aclaro. La conoció en unas vacaciones. Ella tenía apenas siete años. De haberse enamorado entonces, a sus 17 años, el joven monarca hubiera corrido el riesgo de ser tildado de pervertido o algo peor. En la ceremonia no selló su enlace con uno, sino con dos besos. Algo inaudito.

Tres años después de su coronación, el príncipe azul del Himalaya, como suele ser llamado el rey Wangchuk por su pelo negro engominado y sus patillas largas al estilo de Elvis Presley, no contrajo matrimonio con alguien de sangre azul como él, sino con una estudiante butanesa del Regent College, de Londres. Es hija de un piloto comercial y de una ama de casa. Enhorabuena: tiene mejor gusto que varios de sus colegas, casados con primas o parientes lejanas capaces de cortarles el hipo a primera vista.

En el estadio de la capital, Timbu, el excéntrico soberano sorprendió a sus 30.000 invitados preguntándoles si debía besar de nuevo a su flamante esposa. Obtuvo como respuesta un estentóreo sí. No dudó entonces en rozar los labios de la reina después de haberle estampado el primero en la mejilla derecha. De la espontaneidad siempre se ha valido para saltearse el protocolo y, en ocasiones, para violar las leyes que está obligado a hacer cumplir. Un beso legal nunca vale tanto como un beso robado, dejó dicho Guy de Maupassant. Cierto.

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