PIPPO, cerró un clásico

Cumplió 120 años y se fue con sus recuerdos entre las mesas

¿Qué le vas a hacer, Pippo?… dicen que nos iba a tocar ¿no? Si en esta vida de errantes bohemios sólo podemos mirar al cielo entre los edificios y sus calles a oscuras para ver si nos encontramos.
Sabías que te iban a cerrar. Si se llevan por delante cualquier cosa: café, whiskería, bar o milonga, con esto de las franquicias y los merchandising. ¡Que dirán tus hermanos, Bachín, Pepito, Chiquilín y la propia Eladia Blázquez que como último grito de deseo cantó “Ay, si te viera Garay, si te ve, lo bonita que estás, hoy te funda otra vez”.

Por suerte no está Garay, tampoco Eladia, porque estarían tristísimos. Por suerte hace tiempo que a los cronistas de todos los tiempos no se nos da por amanecer en Montevideo entre Corrientes y Sarmiento. Es que nos encontramos con una calle oscura, sin luces, ruidos, cuidacoches, tacheros. Ni algún viejo tanguero, esos de la cabeza con canas o pintada; de las uñas echas o malogradas. Aquellos del saco apretado porque ya no hay otro; de la cara empolvada, los zapatos lustrosos; una moneda en el bolsillo para un chiquilín y un albur, porque mañana, mañana se corre en Palermo.

Si aceptaron, Pippo y tus amigos, cuando los mishé (paquetes) por ahí dejaban La Tola o Liber y Liber en Barrio Norte para llevar a una chiquita sorprendida a comer entraña con papas fritas a las cinco de la mañana. Y las fritas eran a la provenzal, como los fideos con pesto y un pingüino de tinto. Una de tus últimas noches lo vi a Horacio Molina desentonándole un tango a una dama o al negro Carrusca, el amigo del Toto Meletta y, mozo del centro y las papas fritas. Pero me acuerdo como si hubiese estado, del más grande, con los ojos casi cerrados diciendo por lo bajo “Ojo, pibe, que eso no es un fa”. Gordo querido, único, generoso, el más grande, el Gordo bueno. El fuelle de todos los tiempos que un día, como estaba cansado, Julián Centella y Facundo Cabral le mudaron la cama, con rueditas y por Avenida Corrientes hacia su nuevo domicilio.

Y, en Montevideo, comían los más grandes, el discreto Marinero Montes o los impulsivos Goyeneche y Rubén Juárez. También Pichuco y aquellos que venían con el ímpetu del blues: Pappo y otros, que entraron. ¿Y Corbatita? Aquél tachero silbador que tenía tres canciones:Vermouth con fritas, Esos fideos locos y Café con Tres Plumas, no le salía ninguna… y eso que eran de su creación (pésima). Las tres iguales y con eso te molestaba hasta casa y te pedía propina porque al otro día te dateaba con un caballo, con nombre y apellido, que jamás corría. “Lo que pasa, pibe, que ustedes vienen de las boites, aunque reconozco que ahí hay algunos que la saben. ¿Sabes por que, porque crían los matungos? ¡Ahh, yo sigo en el tacho porque quiero, si cuando tenga ganas me salvo!”

Ravioles, napolitanas (invento argentino), entrañas, asado, fritas, provenzal y mucho ajo. Flan, budín de pan y postre vigilante. Era el centro del Bar Suárez, a la vuelta el brillante munich Zum Bier y en la esquina el Café La Paz, aquél que solo ponía de pie a los parroquianos el canillita que entraba y gritaba: “¡Cayó Pinochet!” Mentira, pero todos se entusiasmaban….y ¡caían! todos los días. Lo demás también es mentira, tan falso para uno, como que cierren Pippo. Mariano Wullich

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