Papá Noel ajusticiado por el Lic. Miguel Lares

(Capítulo de  Lares Miguel J. (2015): “Escena de infancia e iniciación en la pubertad”. Inédito)

 Transcurría el año 1952 cuando en el número 77 de la revista “Les temps modernes” se publica un breve ensayo de Claude Levy-Strauss titulado  “Le Père Noël supplicié”. Luego de la finalización de la guerra, el folklore navideño de la France  había empezado a mostrar evidentes signos de colonización, con la profusión de mercancías y de costumbres provenientes de EEUU.

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Lic. Miguel Lares

En aquel escenario, la figura de Papá Noel personificaba esta nueva invasión norteamericana; ofensiva que esta vez carecía  de belicismo y que por otra parte tampoco portaba fines liberadores.

“Le Père Noël…” traza una semblanza del héroe de las navidades de ultramar: es un rey, está vestido de escarlata. Las pieles, sus botas y el trineo en el cual viaja evocan el invierno. Se lo llama “Padre” y es un viejo que encarna en forma benévola la autoridad de los ancianos. Desde el punto de vista de la tipología religiosa, no se trata de un ser mítico, ya que no hay mito que dé cuenta de su origen ni de sus funciones; tampoco es un personaje legendario dado que  no hay cuento cuasi-histórico al que se lo pueda ligar.

Este ser sobrenatural e inmutable, fijado eternamente en su representación y definido por una función exclusiva y un retorno periódico, compete sobre todo a la familia de las divinidades.

Se trata de la divinidad de las personas de una determinada edad en la sociedad occidental.

Papá Noel, en cierta época del año, recibe un culto por parte de los niños bajo la forma de cartas y plegarias. Atendiendo o rechazando los pedidos, recompensa a los buenos y priva a los malos.

La única diferencia entre este personaje y una divinidad verdadera es que los adultos no creen en él, aunque alientan a los niños a que crean, recurriendo  para ello a toda una gama de tretas y engaños.

Papá Noel representa la expresión de un estatuto diferencial entre los niños pequeños, los adolescentes y los adultos. En este aspecto  se encuentra vinculado al conjunto de

creencias y prácticas que los etnólogos han estudiado en la mayor parte de las sociedades: los ritos de pasaje y de iniciación.

Tradicionalmente, en la iniciación en ciertos misterios, la sociedad de los hombres ha tendido excluido a los niños y a menudo también a las mujeres, quedando reservada la admisión a los arcanos a los púberes.

Se observa, por ejemplo, una sorprendente similitud entre el folklore de Papá Noel y lo que ocurre en zonas habitadas por americanos nativos que se disfrazan y enmascaran, encarnando ancestros y divinidades.

Estos adultos caracterizados irrumpen periódicamente en la aldea, llevando a cabo ciertas danzas rituales, castigando y recompensando a los niños, quienes no los reconocen como sus padres o familiares (aunque efectivamente lo son) ya que estos se las arreglan para no ser reconocidos bajo su disfraz.

Los mitos y ritos iniciáticos han tenido en las sociedades humanas una función de subordinación: los mayores se sostienen en ellos para encuadrar a los menores en el orden de la obediencia.

En el caso de Papá Noel, se lo invoca ante los niños para hacerles saber que habrá una proporción entre la generosidad de los regalos y las virtudes que manifiesten a lo largo del año.

Por otra parte, la práctica colectiva de los regalos, fechada periódicamente en la Navidad, cumple con el cometido de establecer una cierta disciplina en las demandas infantiles. Se reduce a un breve período aquél en el que los niños tendrían verdaderamente derecho a exigir sus obsequios.

Ahora bien ¿Por qué ese derecho deriva en una imposición, la cual obliga a los adultos no sólo a regalar, sino a elaborar y sostener una compleja mitología y un costoso ritual?

La respuesta remite a algo que es del orden de la transacción entre dos generaciones y que remonta a épocas más lejanas en las que las mujeres recolectaban abeto, acebo, hiedra, muérdago –plantas que luego se vuelven tradicionales para decorar los hogares en Navidad– y luego se encargaban de hacer una colecta, casa por casa, ofreciendo a cambio esas plantas.

Los niños solían asumir esa misma tarea e incluso llegaban a vestirse de mujer para ir en busca de San Nicolás.

Mujeres y niños, es decir: los no iniciados. Sin ninguna duda, los ritos y las creencias anudadas a Papá Noel conciernen a una sociología iniciática.

Pero más allá de esta consideración utilitaria entramada en los rituales de iniciación, en el folklore navideño se entrevé otro significado vinculado con la contraposición entre niños y adultos: aquél que atañe a una contraposición fundamental entre vivos y muertos.

Partiendo de un culto de los indios Pueblo, Levy-Strauss reconstruye la motivación esencial sobre por qué los niños son mantenidos en la ignorancia de la naturaleza humana de los personajes que revisten máscaras. No se trata sólo de una estrategia de intimidación.

Forma parte de la mitología de los Pueblo un infanticidio masivo llevado a cabo durante migraciones ancestrales.

Las divinidades que durante los ritos de iniciación regresan caracterizadas, representan las almas de los niños asesinados. Una segunda escena del mito cuenta que cuando los Pueblo se instalaron definitivamente en un lugar, aquellas deidades regresaban periódicamente y raptaban a los niños pequeños.

Los secuestros que ponían en peligro la progenie del grupo llegan a su fin cuando se arriba a un pacto: las almas errantes prometen quedarse en el más allá a cambio de la ofrenda de un rito que mediante máscaras y danzas, las conmemore.  Si los niños quedan excluidos de este misterio no es para amedrentarlos, sino porque los niños  son los “aparecidos”, representan esa realidad con la cual la mistificación ha trabado un compromiso.

El compromiso de los niños no es ni con los vivos ni con las máscaras, sino con los dioses y los muertos y el de los dioses muertos con los niños.

Esta interpretación podría ser extendida a todos los ritos de iniciación en todas las

La no iniciación no está meramente ligada a un estado de privación, ignorancia, ilusión u otras connotaciones negativas; sino que tiene un carácter positivo.

Hay una relación complementaria entre estos dos grupos que representan unos a los muertos y otros a los vivos y esa representación reviste cierta complejidad.

Las larvas  (muertos errantes y niños) representan la alteridad en el mundo de los vivos.

¿Quienes mejor que ellos como representación de la alteridad? Ya que personifican a los no iniciados, a los marcados por el déficit de no pertenecer cabalmente al grupo de los vivientes, en un caso porque ya no son (las larvas), en el otro porque aún no son (los niños). Las ofrendas en las festividades navideñas están marcadas por la impronta de la alteridad.

De allí que la de Noel sea sobre todo la fiesta de los regalos, en tanto se trata de la fiesta de los otros, que es como decir la fiesta de los muertos, ya que los otros representan la imagen más próxima que los vivientes tenemos respecto de la muerte.

“Le Père Noël…” recuerda lo escrito por Salomon Reinach sobre la diferencia entre las religiones antiguas y las modernas:

 “Los paganos rogaban a los muertos, mientras que los cristianos ruegan por los muerto”

Cada año los adultos fomentan la creencia e ilusión de los niños en un personaje revestido de generosidad, benevolencia y gentileza, que de algún modo brevemente conjura el temor a la muerte.

El exorcismo pagano coincide con el espíritu de la natividad cristiana en la que queda exaltado el nacimiento del salvador.

El personaje de Papá Noel  procede, entre otras fuentes, de un remoto rey de las fiestas saturnales. A su vez, dicho monarca conoce un antecedente aún más arcaico que lo liga a un personaje que es sacrificado en un altar divino luego de haberse entregado a excesos.

En el largo camino que condujo al Papá Noel contemporáneo, el tiempo fue disolviendo los rasgos esenciales de los remotos antecesores, sus rastros más temibles e inquietantes, aquellos que van del infanticidio al parricidio.

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