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Silencio, es el club de Lynch

De cine. Los espejos con luces de los aseos rinden homenaje a los camerinos de los sets de rodaje
Se encuentra en Montmartre y está reservado para unos pocos elegidos. Los miembros pagan una cuota que parte de los 840 euros anuales.
El número 142 de la Rue Montmatre es el escenario perfecto para un crimen. Entrada en negro, un hombre de traje ajustado, muy Saint Laurent resguarda la entrada con un iPad que filtra a los que pueden y no pueden pasar. El club de David Lynch es nigérrimo, pleno de sombras, luz mínima en la entrada, ni atisbo de letrero. Pasadizos en sombra. Es lo más selecto de lo selecto en un París que no perdona a quienes no tienen de visa oro en adelante. Menos en un club cuyo público cotidiano son Bobos, diminutivo de bourgeois-bohèmes. Burgueses bohemios que para formar parte de esta microsociedad privilegiada pagan una membresía anual de entre 840 y 1.620 euros. Aquí reinan Jean Paul Gaultier y Chanel. Pasa una mujer que camina como Laura Harris enMulholland Drive. Es momento de entrar.
Silencio. Vamos a hacer un silencio. Hay que guardar respeto. El edificio es historia. ¿Por Lynch? No, por Émile Zola y por el periodismo. En este lugar estaba el diario republicanoL’Aurore que publicó su celebérrimo Yo acuso por el caso Dreyfus (vendió 300.000 ejemplares) en 1898. Donde escribió: «Solo anhelo una cosa, y es que se haga la luz en nombre de la Humanidad que tanto ha sufrido y que tiene derecho a la felicidad. Mi ardiente protesta no es sino un grito que me surge del alma…». La luz aparece para iluminar lo imprescindible. Es otro Dreyfus el autor de la iluminación de este club en penumbra. Thierry Dreyfus, quien puede pasar de trabajar para Dior Homme a deslumbrar en la reinauguración del Grand Palais. Gracias a él, al beber, los hombres parecen espectros que sostienen copas de neón.
David Lynch.
David Lynch.
Hay una chica en la barra que se parece a Laura Dern en Blue Velvet, con minifalda rojo sangre. Pide un coctel azulado. Lo bebe mirando el escenario. No caben más de 100 personas apretadas. Y se arrejuntan bastante. Por aquí han pasado Franz Ferdinand, Lana del Rey, Pete Doherty, The Kills… Los convence el propio Lynch de tocar a fondo perdido en esta cueva de diseño. Un hombre muy parecido a Dominique Strauss-Kahn coge a aquella Laura Dern de la cintura. La lleva a la sala de cine de 24 butacas que hay cerca. Dentro, la película está por acabar. Los fantasmas se tocan sin pudor. La lujuria es parte de la decoración. Y del sentido del lugar, con su biblioteca de arte íntimo. La sala de fumadores imita un bosque de árboles secos. Dentro, Masha, ucraniana y diseñadora, besa a Denis, francesa y banquera. Las miran atentos dos chicos que pretendían acercarse y dan media vuelta. El espacio tiene su propia autovía al infierno.
Hay un magnífico túnel de luz que contrasta con el resto de la decoración. Una ruta fruto de la colaboración del cineasta con el diseñador de interiores Raphael Navot. Se puede pasar de allí a su cuarto oscuro. Entrar con un mojito royal (ron, champán, hierbabuena, azúcar…) es cuestión de equilibrio. Compartirlo con la Laura Harris de la entrada, el nirvana. Hace 100 años, 31 de julio de 1914, a escasos pasos de la entrada, mataron al líder socialista Jean Jaurès. Hoy, otro siglo, el único crimen a cometer aquí será contemplar, sin pudor, esos labios color escarlata.
Más información. Club Silencio. 142 Rue Montmartre. www.silencio-club.com

Periodista.Editora marcelafittipaldi.com.ar. Ex-editora Revista Claudia, Revista Telva España, Diario La Nación, Diario Perfil y revistas femeninas de la editorial

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