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Piscinas con historia: Hotel Bel-Air Los Ángeles

Rodeada de 4.000 árboles, la piscina ovalada del Bel-Air ha cobijado a lo largo de casi 70 años a estrellas de Hollywood en busca de discreción. En sus aguas se han solazado Cary Grant, Sophia Loren o Demi Moore, pero sobre todo Marilyn Monroe, que vivió una temporada en el hotel. Allí posó para su célebre última sesión de fotos.
Un biquini de Pucci para ellas. Un bañador Orlebar Brown para ellos. Unas buenas gafas de sol, preferiblemente de montura de madera y hechas a mano en Austria, como las de Andy Wolf. Un ejemplar de la revista Variety y otro de Departures asomando en la bolsa de playa con el distintivo del chiringuito Soggy Dollar, adquirida durante una escapada a las Antillas. Pida con naturalidad un garden sour, el cocktail signature del hotel Bel-Air esta temporada, cuando se le acerque uno de esos jóvenes de anuncio que trabajan en la piscina. Si sigue estos sencillos consejos, parecerá un auténtico insider que busca refugio en el refugio por excelencia del star system de Hollywood y no uno de esos mitómanos que se acercan alcharco preferido de los dioses del séptimo arte a ver si con suerte se tropieza con uno de carne y hueso.
Un último consejo: si en la tumbona de al lado se acomoda Julia Roberts, aunque haya vistoPretty Woman ad infinitum, no aparte su mirada de la revista Departures. Siga leyendo y ponga cara de que el artículo sobre los locales de moda en Duisburgo le tiene completamente atrapado.
Las posibilidades de encontrarse con la novia de América en la piscina del hotel Bel-Air no son en absoluto descabelladas. Si hay un lugar en el mundo que pueda presumir de ofrecer sus aguas a las divinidades del Olimpo hollywoodiense, es este. Sus credenciales son apabullantes, tanto como las del propio hotel que se levanta en una de las zonas más exclusivas de Beverly Hills desde agosto de 1946. Ese año, Joseph Drow, un empresario hotelero de Texas, pensó que sería una idea interesante y lucrativa construir un pequeño oasis junto a los mejores barrios residenciales que el millonario y visionario Alphonse Bell venía desarrollando en el oeste de Los Ángeles desde hacía algunos años. Bell le vendió las viejas oficinas de su exitosa empresa inmobiliaria, así como los terrenos adyacentes donde se levantaba el club hípico que había construido para atraer a acomodados residentes a la nueva y exclusiva zona.
Un icono. Vista de la piscina del Bel-Air en 1951. Es la única zona del hotel que se mantiene intacta desde que abrió, en 1946.

Un icono. Vista de la piscina del Bel-Air en 1951. Es la única zona del hotel que se mantiene intacta desde que abrió, en 1946.
El flamante oasis californiano necesitaba, como todo buen oasis, unas cuantas palmeras. Así es que lo primero que hizo Drow fue plantar toda clase de árboles, buscar cierta exuberancia en las palmeras, ficus, sicomoros, frutales y toda clase de árboles y plantas perennes que hoy aportan buena parte de su encanto e identidad a uno de los hoteles más famosos de EEUU.
En medio de este vergel construyó pequeñas casitas en estilo colonial español esparcidas por la propiedad a modo de bungalows y semiescondidas entre una vegetación que con el paso del tiempo las cubriría. Este modelo sirvió de inspiración a Alfonso de Hohenlohe para hacer su propio paraíso en Andalucía: una de las mejores estancias del Marbella Club lleva por nombre Bel-Air como particular homenaje a su referencia californiana.
De la misma forma que plantó unos 4.000 árboles, hizo un estanque para cisnes y demolió las viejas oficinas de Bell, Drow decidió reconvertir las instalaciones del club de hípica y darles nuevos usos. «La piscina del hotel de Bel-Air es tan icónica como el propio hotel, y es la única parte del mismo que se ha mantenido intacta desde su apertura hace 68 años», explica Denise Flanders, directora del emblemático hotel de la cadena Dorchester. «Su forma ovalada es parte de su singularidad y se debe a que se levanta en el antiguo paddock hípico. Los establos que lo rodeaban fueron reconvertidos en casetas para los bañistas», añade.

También Richard Nixon.

Repasar con Flanders la lista de celebridades que han pasado por el hotel del que es responsable proporciona material suficiente como para escribir un capítulo de un libro sobre los lugares preferidos de los happy few. Al poco tiempo de su inauguración, recibió el favor de los ricos y famosos de la meca del cine. En la década de los 50, el productor Howard Hughes lo utilizó como su segundo cuartel general; Grace Kelly, Cary Grant y Elizabeth Taylor se convirtieron en clientes habituales. Marilyn Monroe vivió en él durante su matrimonio con Joe Di Maggio. Tony Curtis, otro de los que se estableció en el hotel, lo describió como «la mejor esposa: nunca pregunta dónde he estado la noche anterior y siempre tiene todo preparado».
En la década de los 60, el Bel-Air dio cobijo durante su luna de miel a John Rockefeller, uno de los hombres más ricos del país. En los 70, Richard Nixon se refugió en su tranquilidad para escribir sus memorias. El Príncipe de Gales dijo de él en cierta ocasión: «Es como estar en casa de unos amigos ricos», en la línea de lo que comentó años antes Andrew Lloyd Webber: «Comer en su terraza es como estar en un club, siempre te encuentras con un montón de viejos amigos». Entre los recién casados que lo eligieron para pasar su noche de bodas figuran Sophia Loren y Carlo Ponti, Ashton Kutcher y Demi Moore o Britney Spears y Kevin Federline. Anjelica Houston celebró en él su boda con Robert Graham en 1992 y Oprah Winfrey, la fiesta de su 50 cumpleaños. En definitiva, todo el mundo que es o ha sido alguien, especialmente en Hollywod, desde Howard Hughes hasta Julia Roberts o Hilary Swank, tiene alguna pequeña historia que contar de este lugar único en el que sus dueños parecen estar a la altura de las historias de sus célebres huéspedes.
En los 80, el hotel fue comprado por Caroline Hunt, empresaria y filántropa, hija del magnate del petróleo H. L. Hunt (inspirador de la serie Dallas), y pasó a formar parte de la lujosa cadena Rosewood. En el año 2000 el Bel-Air es adquirido por el Príncipe Jefri Bolkiah, el controvertido y excéntrico hermano menor del sultán de Brunei. Desde el año 2008 forma parte de la lujosa Dorchester Collection, que acometió una profunda remodelación que implicó su cierre durante dos años para reabrir en 2011 con aires renovados y con vocación de atraer a una clientela más joven. La cadena ha sido boicoteada en fechas recientes por actores y personalidades del mundo de la moda, y especialmente de la comunidad gay, en respuesta a las lapidaciones de homosexuales en el sultanato de Brunei.
La piscina hoy. Datos prácticos. Dimensiones. Piscina ovalada de 22 metros de longitud en su parte más alargada. Apertura. 1946. Admisión. Reservada a los huéspedes alojados en el hotel (desde 450 euros/noche). Dirección. 701 Stone Canyon Road, Los Ángeles (California, EEUU).

La piscina hoy. Datos prácticos. Dimensiones. Piscina ovalada de 22 metros de longitud en su parte más alargada. Apertura. 1946. Admisión. Reservada a los huéspedes alojados en el hotel (desde 450 euros/noche). Dirección. 701 Stone Canyon Road, Los Ángeles (California, EEUU).
No parece, sin embargo, que este último episodio pueda borrar de un plumazo la preciada categoría de icono que atesora el hotel desde hace décadas. De icono mudo, porque lo que sucede en el Bel-Air, se queda en el Bel-Air. Es precisamente su carácter discreto, su atmósfera de cierto recogimiento en comparación con lo que ocurre en otros hoteles icónicos como el centenario Beverly Hills (también de Dorchester Collection), lo que más atrae a las estrellas cuando se alejan de la alfombra roja o se apagan los focos y se cobijan en él.
Su legendaria piscina también parece guardar unos cuantos secretos no revelados. En ella trabajó como chico de las hamacas un jovencísimo Robert Wagner, probablemente tan conocido por sus dos matrimonios con Natalie Wood como por una carrera televisiva y cinematográfica que no ha envejecido bien. La idea de que trabajar en el Bel-Air puede abrir puertas en Hollywood parece que no ha sido del todo desterrada. Son también célebres los baños matutinos de Lauren Bacall, quien siempre pedía alojarse en los bungalows más cercanos a la piscina para acudir a nadar antes de que el resto de los huéspedes se hubieran siquiera despertado.
Pero es, sin duda, la última sesión fotográfica realizada a Marylin Monroe en la piscina y en otras localizaciones del hotel, el episodio que la ha convertido, paradójicamente, en inmortal. Durante tres días de junio de 1962, el fotógrafo Bert Stern estableció su cuartel general en una suite del hotel para hacer un reportaje a la actriz para Vogue. Stern la encontró «hermosa, trágica y compleja». A las seis semanas apareció muerta en su casa de Los Ángeles. Parece tan feliz en esas fotos junto a la piscina del Bel-Air…

Periodista.Editora marcelafittipaldi.com.ar. Ex-editora Revista Claudia, Revista Telva España, Diario La Nación, Diario Perfil y revistas femeninas de la editorial

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