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Los Hilton: secretos de una dinastía americana

  • Construyeron un imperio hotelero desde cero y conquistaron el mundo, Pero también sedujeron a las estrellas de Hollywood. Ahora, un libro desvela cómo fue el matrimonio de Conrad con Zsa Zsa Gabor y el de su hijo, Nicky, con Liz Taylor.
Conrad Hilton era el mayor de siete hermanos. Su padre, un inmigrante de origen noruego, había conseguido amasar una pequeña fortuna gracias al ultramarinos que regentaba en San Antonio, Texas. Pero en la crisis de 1907, la familia lo perdió todo. Con un instinto natural para los negocios, Conrad empezó a alquilar seis habitaciones de la residencia familiar por 2,5 dólares la noche. «Las chicas (sus dos hermanas) y mamá se encargarán de la cocina. Yo me ocuparé de las maletas», anunció a su familia. 
Así es como, en plena Gran Depresión, nacía el imperio hotelero que, años más tarde, revolucionaría el sector turístico convirtiéndose en la primera cadena internacional de hoteles. Ahora, un libro del escritor J. Randy Taraborrelli, ‘The Hiltons: The True Story of an American Dynasty’, desvela los secretos de la dinastía y su idilio con Hollywood.
Un ferviente católico, Conrad conoció a su primera mujer, Mary Barron, en misa. Se casaron en 1925 y tuvieron tres hijos: Nicky, Barron y Eric. Pero nueve años más tarde, Mary abandonó a Conrad por un entrenador de fútbol con el que estaba teniendo un affaire. El divorcio hundió a Hilton que, poco después, se mudó al exclusivo barrio de Bel-Air. Hollywood era puro glamour en aquella época. Una noche, mientras tomaba una copa en un  club de Sunset Boulevard, Hilton se fijó en la belleza que acababa de entrar en el local. Era Zsa Zsa Gabor. Ella y su hermana, Eva, acababan de llegar de Hungría en busca de una oportunidad en Hollywood. 
Un matrimonio diferente
Hilton la agasajó con ramos de rosas diarios, comidas en restaurantes de lujo y copas en los locales de moda. El empresario era 30 años mayor que Gabor, pero era capaz de ofrecerle el tipo de vida a la que ella siempre había aspirado. «¿Hubiera estado interesada en un hombre que me doblaba la edad si no hubiera sido rico? No lo creo», confesaría después Gabor en sus memorias. Una de aquellas noches, en el Mocambo, el hotelero tentó a la actriz con dos anillos: uno coronado con un enorme diamante y otro más discreto. Ella, consciente de que elegir la joya más ostentosa podría hacer sospechar a Hilton, venció la tentación y escogió el anillo más modesto.
La estrategia funcionó. Aunque atormentado porque la iglesia no reconociera el divorcio de su primera esposa, Hilton terminó pidiéndole matrimonio. La boda se celebró en un hotel de Santa Fe el 10 de abril de 1942. «Ser la señora de Conrad Hilton, esa es mi carrera», dijo Gabor poco después de casarse. 
Siempre había soñado con disfrutar de la lujosa existencia de las señoras de la alta sociedad. Pero el espejismo duró poco. A Hilton le molestaba todo de ella: su personalidad ostentosa, su carácter exhibicionista y, sobre todo, sus rituales de belleza. No soportaba ver cómo Gabor se hacía la manicura o se maquillaba. Le parecía tedioso y superficial. 
Por eso, poco después de casarse, Conrad instaló a su mujer en una habitación diferente a la suya. Hacían el amor solo cuando él decidía visitarla. Pero después de unas semanas, las visitas cesaron. Una noche, Gabor se puso la lencería fina y se coló en la habitación de su marido.«Cuando entré, me lo encontré arrodillado rezando. ‘¡No, no! Vete a tu habitación y espérame’, gritó. Imagínate como me sentí… A partir de aquella noche, Conrad mantuvo siempre su habitación cerrada con pestillo para que yo no pudiera entrar sin previo aviso», explicó Gabor años más tarde.
Un divorcio en Hollywood
Aunque era dueño de una inmensa fortuna, Hilton no soportaba que su mujer despilfarrara su dinero. Hastiado, decidió cortarle el grifo y le asignó un presupuesto de 250 dólares mensuales para ropa, maquillaje, peluquería y almuerzos con sus amigas. Si se excedía, la cantidad se le descontaba de la asignación del mes siguiente. Gabor, que siempre había soñado con aquella vida privilegia, quedó devastada. 
Un viaje a Nueva York, en el que la pareja tuvo que compartir suite en el hotel Plaza, precipitó el final de su matrimonio. Obligado a presenciar los rituales de belleza de su mujer y atormentado por el dinero que le estaba costando, Conrad decidió terminar con su relación. 
Primero, le pidió a un cura que convenciera a Gabor de que su unión no había sido legal. Triste, sola y enganchada a las pastillas, Gabor fue ingresada en un sanatorio durante seis semanas. Cuando regresaron a Los Ángeles, Conrad le comunicó a su mujer que quería el divorcio. Pero Gabor no pensaba ponérselo fácil: quería dinero. Cuanto más, mejor. Para librarse de ella, Hilton contrató a un detective privado que encontró a Gabor en un coche con el ejecutivo de un estudio en situación comprometida. 
«¡A quién le importa!», le espetó ella. «De hecho, desde que rompimos, he estado con tantos hombres que ni me acuerdo». El culebrón se complicó aún más cuando, en medio del divorcio, Gabor le anunció a Hilton que estaba embarazada. Aunque ella insistió en que Francesca era hija suya, el empresario siempre tuvo sus dudas. 
«¡Ni si quiera estoy seguro de ser tu padre!», le dijo Hilton a Francesca en una ocasión. Para Gabor era la excusa perfecta para atormentar a su exmarido. Su divorcio fue oficial en 1947 y Francesca solo recibió 100.000 dólares de la herencia de su padre. Para Gabor fue el segundo de ocho matrimonios fallidos; para Hilton, el «peor error de su vida». 
Conrad Hilton murió víctima de una neumonía en 1979. Tenía 91 años. Había amasado una fortuna de 6.000 millones de dólares. Pero no creía en las herencias multimillonarias. Por eso, llegó a firmar 32 testamentos distintos. En el último, y el único vinculante, dejó apenas un uno por ciento de su patrimonio a sus descendientes. El resto fue a parar a obras de caridad, en su mayoría de la iglesia. Poco antes de morir, Conrad le confesó a su abogado: «Ojalá me hubiera divertido más…». Algunos de sus herederos, en cambio, es todo lo que hicieron. Especialmente Nicky, su primogénito. 
De carácter iracundo, amante de las fiestas y del alcohol, nunca mostró ningún interés por el negocio familiar. Pero, como su padre, se dejó seducir por Hollywood. Él y Elizabeth Taylor se conocieron, casualmente, en Mocambo. Taylor le guiñó un ojo desde el otro lado del club y cuando él se acercó, le susurró al oído: «No llevo bragas». 
«¡Maldita sea! Me la hubiera tirado allí mismo!», cuenta el autor que Hilton le dijo a un amigo. Como había hecho su padre con Gabor, Nicky agasajó a la estrella hasta que Taylor sucumbió.
Una luna de miel tormentosa
La boda se celebró el 6 de mayo 1950 en el club de Campo de Bel Air ante 700 invitados. La luna de miel, un crucero a Europa a bordo del Queen Mary, corrió a cargo de Conrad Hilton. Pero el viaje de tres meses en seguida se convirtió en una pesadilla. Para empezar, porque la luna de miel no fue ni privada ni romántica: Taylor viajaba con 17 baúles, una sirvienta y un séquito de 12 personas. Pero, sobre todo, porque después de pasarse noches enteras jugando y bebiendo en el casino del barco, Nicky se volvió agresivo. Primero, fueron gritos y peleas; luego, abusos físicos. Al final de viaje, en una de aquellas peleas, Hilton golpeó a Taylor en el estómago. Años después, la actriz confesaría que después de aquel incidente sufrió un aborto: «Vi al bebé en el retrete». Taylor solicitó el divorcio solo nueve meses después alegando que Hilton la había tratado de manera «cruel e inhumana».
«No me casé con una chica, me casé con una institución», se lamentó Hilton, que odiaba que le llamaran «el marido de Elizabeth Taylor». Luego, vivió affaires con Natalie Wood y Joan Collins y cuando por fin sentó la cabeza casándose con Patricia McClintock, la heredera de una fortuna del petróleo, sufrió un ataque al corazón producto de su alcoholismo y murió a los 42 años. Se divirtió más que su padre. Pero ni él ni ningún otro Hilton consiguieron estar a la altura de Conrad, el Hilton original. 

Periodista.Editora marcelafittipaldi.com.ar. Ex-editora Revista Claudia, Revista Telva España, Diario La Nación, Diario Perfil y revistas femeninas de la editorial

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