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Hemingway, Chanel y Robert de Niro: vidas de hotel

El interior del hotel Savoy en Londres, lugar de reunión de Oscar Wilde y lord Alfred Douglas. Foto: Gtres.
El ‘jeep’ en el que viajaba Hemingway casi vuelca cuando francotiradores alemanes empezaron a disparar contra la columna que avanzaba por los Campos Elíseos. París estaba a punto de ser liberada, pese a los focos de resistencia. La artillería dejó paso libre a la tropa y el escritor ordenó al conductor continuar hacia su destino en la Plaza Vendôme. «¡He venido a liberar el Ritz!», grito entusiasmado al director del hotel, Claude Auzello, que vio sorprendido a su viejo y fiel cliente dejar el fusil sobre la barra del bar para beberse ávido una copa de champán. 
Esa noche del 25 de agosto de 1944, seguirían a ese trago decenas de dry martinis –su hígado llevaba años preparándose para esos excesos–, compartidos con dos alegres parisinas en una de las mejores suites del establecimiento. Antes de acabar la guerra, la coctelería del hotel más exquisito de Francia fue rebautizada como Bar Hemingway.
«Solo hay una razón para vivir en esta ciudad y no estar en el Ritz: que no te lo puedas permitir», afirmaba el futuro premio Nobel cuando durante años lo convirtió en su residencia, lugar de tertulia literaria y de juergas etílicas. Por eso recuperar el hotel, acaparado por los altos oficiales nazis durante la ocupación, fue para él una cuestión personal. Lo consideraba su hogar, como también lo fue la habitación del hotel Ambos Mundos desde la que descubrió La Habana en sus años caribeños; o la que alquiló durante meses en el Locanda Cipriani de Venecia. Era una manera de hacer de su necesidad de viajero empedernido, la virtud de transformar un alojamiento público en su refugio, y a los empleados, en una extraña familia de acogida. 

La elegancia de Chanel
No es un caso único este vínculo íntimo entre un personaje y el hotel que transforma en su casa. Otros escritores, actores, nobles, artistas y magnates han buscado en ellos la compañía que temían echar de menos en una mansión; o tal vez a las musas esquivas que parecían preferir una suite a un cuarto de estar; o ese carácter romántico y distinguido que algunos alojamientos otorgan a sus clientes. Probablemente fue esta la razón que llevó a Coco Chanel a sentir, como Hemingway, que el Ritz de París era su lugar en el mundo. 
Aunque también mucho tuvo que ver en ello su relación con Hans Gunther von Dincklage, oficial de la inteligencia nazi que movió los hilos para que desde 1941 se le permitiera residir en tan exclusivo establecimiento. Allí permaneció durante 30 años –«El Ritz es mi único hogar», decía–, trabajando, creando, construyendo un mito que sigue muy presente en la historia del hotel. Tal es así que el pasado año se descubrió oculto en su antigua suite un cuadro del pintor Charles Le Brun valorado en 500.000 euros, un tesoro que Coco dejó como legado secreto tras morir sobre su cama en 1971.
Dicen sus colaboradores que la diseñadora encontraba su inspiración solo en aquel entorno exquisito. Oscar Wilde la halló muchas veces en los salones del Savoy, una institución centenaria en Londres que le aportaba la elegancia y la belleza que tanto necesitaba en su vida. Sin embargo, un hotel no podía ser el lugar más adecuado para las aventuras amorosas de un homosexual en la puritana Inglaterra de finales del siglo XIX. Las asiduas visitas del joven Lord Alfred Douglas a la habitación de Wilde se convirtieron en un escándalo que costó la cárcel al escritor. Muchos años después, el actor Richard Harris (Un hombre llamado caballo, Harry Potter…) eligió el mismo alojamiento para pasar sus últimos años. Ya muy debilitado por el cáncer, le trasladaron en camilla de su habitación a la ambulancia: «Ha sido la comida», comentó divertido al cruzarse con otros clientes.

Escritores y magnates
Muchos otros personajes han elegido las atenciones de un hotel para hacer más respetable, cómoda o entretenida la vejez. Fue el caso de Tennessee Williams –residente en el Elysée, de Nueva York, donde murió asfixiado al tragarse el tapón de un frasco de colirio–, del también escritor Vladimir Nabokov –en el hotel suizo Montreux Palace–, del general McArthur –en el Waldorf Astoria de Nueva York– o de Margaret Thatcher, quien falleció en el Ritz de Londres. Como ellos, el actor Omar Sharif (82 años) cree que tener como dirección un número de suite resulta de lo más práctico. De hecho, no ha conocido otra cosa desde que tenía 30 años: nunca ha tenido una casa ni ha alquilado un apartamento. Se mueve de un alojamiento a otro sin que sus estancias duren más de un par de meses lo que, según ha reconocido, alivia una soledad crónica. 
No era ese el motivo que impulsaba al magnate, empresario y productor de cine Howard Hughes a residir en los más lujosos hoteles de Estados Unidos. En todos dejó evidencias de su excentricidad, consecuencia de una fortuna inacabable y del trastorno obsesivo-compulsivodel que nunca fue tratado adecuadamente. Los empleados acababan por acostumbrarse a desinfectar varias veces al día los objetos de los penthouses que solía ocupar, a proveerle de cantidades ingentes de leche y galletas, y a verle paseándose vestido solo con una servilleta.
Hughes disfrutó de sus propias mansiones hasta que se dio cuenta de que fijando su residencia en hoteles lograría deducciones fiscales y pagaría muchos menos impuestos. Su preferido fue el Desert Inn, en Las Vegas, donde prácticamente se recluyó durante años tras visitar la ciudad en 1966. Su estancia iba a ser limitada, pero se sentía cómodo en aquel ático de gran lujo desde el que contemplaba el desierto de Nevada. 
Sin embargo, se acercaba la Navidad y Moe Dalitz, el director del Desert Inn, comunicó al millonario que tendría que abandonar el ático porque estaba reservado desde hacía tiempo para una fiesta de Fin de Año. La respuesta de Hughes fue comprar el hotel por 13 millones de dólares. Fue el comienzo de una serie de inversiones que hicieron de Las Vegas casi una finca particular que dirigía encerrado en su espléndida suite, viendo películas durante días, enajenado por las drogas y con frecuencia prohibiendo cualquier visita salvo la de su peluquero.
Con la salud deteriorada, en 1970 decide abandonar Estados Unidos y trasladarse al hotel Intercontinental de Managua (Nicaragua) para hacer negocios con el dictador Somoza.Y allí hubiera permanecido si no le sorprende el terremoto que asoló la ciudad en 1972. Huyó a Acapulco, de nuevo a otro hotel, el Princess, donde inició un encierro voluntario que concluiría en 1976 cuando, agonizando, lo trasladaron en avión a Houston. Llegó cadáver.El opulento Hughes al final solo quería huir del mundo y de su notoriedad, aunque resulta difícil imaginar que eso sea factible en un establecimiento público. 

El pianista nocturno
Aun así, Robert de Niro también lo intentó durante un par de años tras mudarse al Château Marmont de Los Ángeles, el mismo en el que hallaron muerto al actor John Belushi por sobredosis y en el que el cantante Jim Morrison dio la nota saltando desde el segundo piso del edifico sin sufrir daño alguno. Los empleados recuerdan a De Niro por sus frases entrecortadas y por mirar de manera compulsiva el reloj, aunque su costumbre más curiosa era salir con sigilo de su cuarto a altas horas de la noche, bajar a la sala donde había un piano y comenzar a tocar. Cuando alguien acudía y le reconocían, paraba de inmediato y regresaba a la habitación. 
Con frecuencia, la sola presencia de huéspedes famosos hace difícil mantener la habitual discreción de esos establecimientos. Sin embargo, ese nunca fue un problema para el hotel Chelsea de Manhattan porque allí nadie quería ser discreto. Punto de encuentro en lasegunda mitad del siglo XX del Nueva York contracultural, fue refugio de artistas malditos y de éxito, escenario de fiestas y conciertos improvisados, germen de inolvidables composiciones y obras literarias… 
Y de tragedias, como la muerte por envenenamiento de alcohol –18 whiskies de un tirón– del poeta Dylan Thomas, uno de sus más fieles clientes. Al igual que lo fueron durante largos periodos de tiempo los músicos Leonard Cohen y Janis Joplin –una relación tan circunstancial como intensa–, el autor Arthur Miller o los guitarristas Jimmi Hendrix y Keith Richards (un Rolling Stone). Sir Arthur C. Clarke escribió en una de sus habitaciones 2001. Una odisea en el espacio, casi al tiempo en que Bob Dylan, quien también vivía allí, componía ‘Sarah’, dedicada a la que sería su mujer.
El escritor George Bernard Shaw decía que la gran ventaja de un hotel es ser el mejor refugio de la vida en el hogar. Salvo, podrían pensar muchos de estos personajes, que no necesites un hogar porque la vida a veces también se disfruta con un buen servicio de habitaciones.

Periodista.Editora marcelafittipaldi.com.ar. Ex-editora Revista Claudia, Revista Telva España, Diario La Nación, Diario Perfil y revistas femeninas de la editorial

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