Moda

El zapatero prodigioso también seduce a los hombres

EL ARTISTA Y LA MODELO. Manolo Blahnik, 70 años, posa con la ‘top’ británica de origen iraní Yasmin Le Bon para un editorial de moda publicado en Reino Unido. Los ‘manolos’ se convierten en fetiches en los pies de las grandes modelos internacionales. Él lleva unas manoletinas Toro (620 €), su diseño favorito, y ella, unos Buio (670 €).


A Manolo Blahnik le gusta hablar por teléfono con alguien a quien no conozca y cuyo rostro no haya visto jamás, para poder imaginarlos. Dice que es como si le abrieran un grifo: el de las palabras. Es una más de sus rarezas pero a mí me ha venido de perlas. Lo hemos localizado en plena huida del mundanal ruido, en busca de la adorada soledad de su isla bonita, La Palma (donde nació, hijo de padre checo y madre canaria, el 27 de noviembre de 1942). Está literalmente de camino, recién aterrizado en Tenerife procedente de Roma. Habla y ríe sin parar, con esa risa tan estruendosa que contagia y un acento extranjero en cualquier lugar. «Ya no sé ni qué idioma hablo», dice, pero es una mezcla de inglés, francés y español, con dejes de alemán. Es además un decir estridente y plagado de exclamaciones.
Acaba de recibir el Premio Nacional de Diseño de Moda 2012 y el British Fashion Award, casi en un mismo día («¡una rapidez espantosa!») y por tanto se ha dado a la fuga, tras un breve paso por su fábrica de Milán. «Pero te llamo por orden de mi oficina en Londres, ¡llama ahora mismo!, me han dicho; qué banda de simios. Menos mal que sólo hago zapatos, porque si hiciera algo más grande…». Blahnik es así, dice lo que le apetece y hace lo que le da la gana, y ya ven, se corona. Tiene cuatro fábricas de zapatos (todas en Italia), más de 300 empleados y de 230 tiendas franquiciadas en el mundo; sus manolos se venden a una media de 600 € el par, y pueden superar los 6.000. Pero él sigue siendo pequeño, o al menos vive convencido de ello.
PREGUNTA. ¿Impone recibir tan importantes premios a la vez, justo el día de su 70 cumpleaños? ¿Ocurre como con las retrospectivas, que le hacen a uno mayor?
RESPUESTA. Yo no me voy a sentir mayor nunca: siempre me he visto infantil y voy a conservar este infantilismo hasta que me vaya.
P. Primero llegó el galardón británico y luego, el Nacional. ¿El genio español se valora más fuera que dentro del país? ¿Seguimos faltos de autoestima?
R. No, no, llegaron juntos y con una rapidez espantosa: el British fue la noche del 27 de noviembre y al día siguiente me llaman para decirme que me han concedido el Nacional. Fue una sorpresa increíble, incluso pensé que era broma. Pero el Nacional para mí es lo máximo, España es mi pueblo. ¡¿Faltos de autoestima?! ¡Pero cómo puede carecer de autoestima un país que ha dado la mejor gente del mundo!
P. ¿Ha perdido ya Europa su raíz «por culpa de nuestra avaricia»?
R. Por nuestra avaricia… (se queda pensando).
P. Esto es suyo, lo dijo en plan apocalíptico hace unos años, refiriéndose al hecho de dejar la producción en manos de los chinos.
R. No me hable de los chinos. Yo trabajo en Hong Kong porque me funciona, pero los europeos ¡hemos sido tan estúpidos de dejar nuestra producción, fábricas y talleres artesanales a los chinos, por ganar un dólar más! Me parece absurdo dar un centavo a ese país. El ejemplo de Amancio Ortega, en cambio, es fantástico: estuve en la apertura de Zara Home en Milán y había una cola enorme de gente comprando productos hechos en Asturias, La Coruña y Portugal. Salí de allí lleno de sábanas y mantas, sólo porque eran europeas. Europa sólo puede salir adelante dando trabajo a su industria y sus trabajadores.
1. Slipper 'Mario', en piel de pony con estampado de leopardo (600 €). 2. Oxford de ante troquelado color azul índigo (650 €). 3. Slipper 'Mario' negro en charol (600 €). 4. Mocasín clásico 'George' en piel de pony (590 €).

1. Slipper ‘Mario’, en piel de pony con estampado de leopardo (600 €). 2. Oxford de ante troquelado color azul índigo (650 €). 3. Slipper ‘Mario’ negro en charol (600 €).4. Mocasín clásico ‘George’ en piel de pony (590 €).
P. ¿Sigue fabricando en Milán?
R. Todo, desde hace 40 años. Y las pieles y tejidos vienen de Barcelona e Inglaterra.
P. ¿Continúa luchando por ser pequeño o ya se ha rendido?
R. Me agarro con uñas y dientes para seguir siendo pequeño y controlar la calidad. Mi enorme suerte es haber tenido conmigo la última generación de gente que sabe hacer estas cosas bien.
P. ¿Tener 300 empleados es ser pequeño?
R. Uf (suspira). Comparado con la industria global, sí. Y mi sueño es recuperar talleres artesanales en los que España se distingue, como las manoletinas de Menorca.
P. Blahnik, denuesta el mundo «ridículo» de la imagen y la moda que, ¿no es, por cierto, su mundo?
R. La gente que trabaja en este ámbito vive de la imagen, y yo también soy una víctima de ello, porque sin imagen no vendería. Pero no sigo la moda: trabajo a mi manera, y me aparto de todas las corrientes: la última plataforma que hice fue en los años 70. La moda se ve obligada a contradecirse cada temporada, y yo cambio colores, o tejidos, pero mi estilo es siempre el mismo, y es lo que gusta a la gente.
P. ¿Se considera más artesano o artista?
R. ¡¿Artista?, ni hablar! Yo hago un arte aplicada, soy artesano.
P. ¿Más teatral que zapatero?
R. ¡Uf! Ojalá pudiera ser un zapatero zapatero, pero tengo tanta acumulación de estímulos, por mi formación y mi cultura, que ya no sé ni lo que soy. Aunque la definición de teatral me gusta. Nunca me habían hecho esa pregunta, qué interesante; y es curioso, porque yo empecé así, quería ser escenógrafo, pero por casualidad se me cruzó esto otro. Todo lo que he hecho en la vida ha surgido por casualidad, sin haberlo perseguido.
P. Estudió Arquitectura y terminó diseñando zapatos. ¿Su madre no se lo reprochó?
R. Fui un arquitecto fracasado, porque nunca terminé. La verdad es que no me gustaba, no me interesan nada los números ni las matemáticas, los detesto; lo que me atraía era el dibujo y el arte. Entonces entré en contacto con el mundo de la edición gráfica en Nueva York y toda mi inspiración se fue detrás de ello. Al final, todo es un milagro: hago lo que me da la gana y con enorme pasión.
P. ¿Y lo de su madre?
R. Tuve la suerte de tener unos padres fantásticos que nos dieron siempre libertad absoluta. Desde que era pequeño, mi padre reconoció que tenía mucha inquietud y que no podía quedarme en las islas, así que me mandaron a Ginebra, donde mi tío trabajaba para la ONU, y luego a la Universidad. Mi madre tenía gran temperamento artístico y me abrió los ojos. Ella esculpía y dibujaba maravillosamente, pero su padre no le había permitido cursar Bellas Artes, porque qué iba a hacer una chica sola en Madrid.
P. ¿Cuál era su juego favorito en aquella infancia entre plataneras?
R. Hacía construcciones de madera y esculpía formas con barro. No me interesaba estar tirado en la playa, aunque nací en ella y aprendí a nadar antes que a caminar. Me encantaban los cuentos que mamá nos leía, desde David Copperfield hasta Lo que el viento se llevó y, sobre todo, los relatos históricos: María Antonieta era un personaje cercano para mí gracias a la biografía de Stefan Zweig, y nunca perdoné a los franceses que le cortaran la cabeza; aún conservo aquella edición.
P. Vestía a los animales: lagartos, salamandras y un perro. Dicen que quienes se relacionan mejor con animales que con personas tienen un hándicap de sociabilidad, ¿es su caso?
R. No es del todo cierto en mi caso: tengo muy buena relación con los animales y estoy deseando llegar a Santa Cruz para ver a mi perro, pero también me encanta hablar con la gente; hacerlo ahora con usted es un gran relax para mí.
P. Amante empedernido de la soledad, ¿cómo soporta el ruido de los círculos profesionales que le rodean y, peor aún, la fama?
R. Para mí es como nadar: un esfuerzo que hago de forma fluida, porque es parte de mi vida. Pero la soledad es mi único lujo y la necesito absolutamente; ahora por ejemplo, después de tres meses sin parar.
P. Solitario y romántico, ¿a quién ama por encima todo?
R. A mi amiga Ana, que se fue este año. Era mi punto de referencia, quien encendía mi chispa para crear. Ella fue quien más me apoyó desde el principio: era una vecina de la calle en mi primera casa en Londres, cuando llegué hace 40 años. Soy un romántico. Debí haber nacido en el XIX.
P. Ha contado que su madre se hacía los zapatos a sí misma en tiempos vacíos de posguerra, ¿de ahí le vino su profesión?
R. Puede ser una cuestión genética, sí. A las islas entonces no llegaba nada, eran un lugar remoto. Mi madre era muy visual y nada de lo que allí había le gustaba. Creo que heredé de ella mi espíritu de contradicción a la moda del momento. Así que le pidió a don Cristino, el zapatero local, que le enseñara a hacer zapatos e hizo cosas preciosas, alguna aún la conservo.
P. ¿Unos ‘manolos’ son para siempre, como una joya en los pies?
R. Tanto como eso, no; los zapatos son para ponérselos, pero si se cuidan bien… Aunque me gustan también los estropeados, encuentro un cierto encanto a un tacón rasgado. No sé por qué me parece elegante, debo de ser muy retorcido.
P. Felipe II, Santa Teresa de Jesús y Velázquez, sus exquisitos, ¿quién representaría hoy la máxima elegancia en España?
R. Hay tantísimas personas elegantes aquí… Me gustan las personalidades desgarradas, españolísimas. Pero citaré a Maribel Verdú, que me encanta, una actriz fantástica que hasta hace poco nos parecía incluso normal: tiene una elegancia natural, mental, espiritual…
P. ¿La princesa Letizia es elegante?
R. Más que elegante: es guapísima e inteligente.
P. Blahnik, ¿cuánto humor hay en sus zapatos?
R. El mismo que tengo yo. Soy la primera víctima de mi humor, me río todo el tiempo de mí mismo y nunca me creo nada.
APOYO. También ellos quieren ‘manolos’
El diseñador ha vuelto esta temporada a su idea del ‘manolo for men’. Lo hace después de unas cuantas colecciones sin modelos masculinos, que parece le aburren. Le aburre en realidad el cordón y la zapatilla que él llama «anónima» (entiéndase anodina), de ahí que sus creaciones lleven siempre nombre propio. Su preferencia (confiesa tener más de 30 pares en todos los colores) son las manoletinas o toreras; y, en general, el estilo goyesco o georgiano, según nacionalidad. Si en el zapato de mujer aprecia el detalle y la sofisticación, en el masculino, la comodidad; asuntos tantas veces reñidos y en los que el hombre lleva las de ganar. Para este invierno, en concreto, nos trae los mocasines clásicos George; los Eric, con borla; el botín Chelsea y el clásico Oxford de ante, en vivos colores (en la foto, en azul). Pero los favoritos de 2013, a su imagen y semejanza, son el ‘slipper’ de noche Mario, en varias configuraciones, y las ‘matador pumps’ con lazo de ‘gross grain’ en el frente y de nombre, Toro, así como los charoles bicolor con suela de goma (estos últimos, bautizados Manolo).

Periodista.Editora marcelafittipaldi.com.ar. Ex-editora Revista Claudia, Revista Telva España, Diario La Nación, Diario Perfil y revistas femeninas de la editorial

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