El patriarca de los Loewe cumple cien años

Enrique Loewe Knappe celebró su aniversario rodeado por familiares de tres generaciones

«Mi abuelo tiene un sentido del humor genial y una marcha insuperable», afirma Sheila Loewe Boente días después de que ella y su numerosa familia celebraran los 100 años de Enrique Loewe Knappe, patriarca de un linaje que, a lo largo de varias generaciones, hizo del negocio un lujo y del lujo, un gran negocio. Aunque fue el pasado martes 23 de octubre cuando se convirtió en centenario, la celebración había tenido lugar tres días antes, el sábado 20, en una concurrida fiesta en la que se dieron cita, tras una misa de acción de gracias, hijos, nietos y biznietos en el restaurante La Favorita, en Madrid. Algunos llegados desde Barcelona, Inglaterra y Alemania.
«Mi padre es un hombre cuya mirada siempre está dirigida hacia donde sopla el viento cultural. Se orienta como una veleta hacía donde están la música y el arte», cuenta su hijo Enrique Loewe Lynch, representante de la cuarta generación de una saga que se inició con Enrique Loewe Roessberg, un inmigrante alemán que se instaló en Madrid en la década de los 70 del siglo XIX y que fundó la marca. Su hijo fue Enrique Loewe Hinton y su nieto, Enrique Loewe Knappe, el homenajeado. Él es quien hizo realmente grande la firma y quien internacionalizó una marca que lleva grabado el sello de Made in Spain.
Enrique Loewe Lynch es en la actualidad director de Fundación Loewe, dedicada principalmente a promover la música, la poesía y el diseño. Sin un varón para seguir con la tradición del nombre, Sheila Loewe, la mayor de sus tres hijas, en breve tomará de su padre el testigo en la gestión humanista y cultural en una firma que, pese a estar hoy bajo el control de LVMH, mantiene sus señas de españolidad.
Volviendo al festejo, todos sus seres queridos rindieron homenaje a un hombre, que a sus 100 años, sigue siendo reconocido como CEO de culto, y un modelo de tesón y ambición, más preocupado por el «mañana» que por el «ayer». «Mi abuelo es brillante, con un corazón y un alma irresistiblemente joven y positivo, con la cabeza y la memoria perfectas, y una vitalidad increíble», cuenta Sheila. «En mi boda, hace cuatro años, los dos fuimos la sensación bailando el vals».
Las anécdotas sobre su energía vital y mental se suceden. «Hasta los 99 años, vivía entre Madrid y Londres, volando más de una vez al mes entre ambas ciudades. Pero vendió la casa londinense. El pasado verano ha estado en Ibiza, y se ha bañado en el mar y en la piscina tan contento», añade Valeria, otra de sus nietas. «Maneja el refranero español y el alemán como nadie en el mundo y aunque no ve ni oye del todo bien, sigue siendo la persona mejor informada del mundo», continúa Olivia.
Su hijo Enrique le describe como «un hombre que no tiene pereza y sí mucha curiosidad ante cualquier plan y reto, con un espíritu emprendedor, enorme capacidad de trabajo e innovación como empresario, y mayor interés por el futuro que por el pasado». En su discurso-homenaje, que a más de uno empañó los ojos, Loewe Lynch agradeció a su padre haber inspirado a su familia la ilusión por viajar, por los idiomas, la lectura, la filosofía, la historia, el arte, la astronomía, las religiones, la literatura, el teatro y los conciertos. Y, sobre todo, exaltó su anhelo de mantener unidos a todos los miembros de «sus familias».
No se habló, por obvio -aunque estaba presente en el pensamiento y el espíritu de todos- del imperio que creó este hombre centenario (160 tiendas en el mundo), partiendo de un taller en el que se trabajaba el cuero. Ni siquiera se mencionaron los múltiples hitos de la marca, de cómo de la tienda en la madrileña calle Príncipe se llegó al mejor local de la londinense Old Bond Street; ni de los perfumes o la expansión mundial. En La Favorita se cantó y bailó. Y cuando le tocó soplar las 100 velas de su tarta, ante la mirada emocionada de los presentes, Enrique Loewe Knappe confesó que había sido «el día más importante y emocionante de toda mi vida

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